y agrega Iribarren:

 

"Si hubo una lengua general entre Jujuy y Coquimbo, seguramente ésta fue la lengua general del Perú, la quechua" (17).

 

c) Argumentación botánica. El ex-Conservador del Museo de La Serena descarta definitivamente el argumento botánico esgrimido por Latcham:

 

"En lo que se refiere a los nombres de plantas los ejemplos aportados no sirven de ninguna manera como argumentos probatorios. Analizándolos tendríamos que: Chañar tendría origen posiblemente cunza o likan antay (Sculler). Taco y chilca son palabras quechuas, en tanto que hualtata y palqui son araucanas. Quedarían como dudosa copao y jumpe" (18).

 

La voz Chañar, que encontramos repetida en 11 lugares del valle de Elqui (esto sin contar el resto de los Valles Transversales) más bien nos parece de etimología quechua (19). Así lo ratifica la última edición del Diccionario de la Real Academia Española; también se pronuncian en tal sentido Márquez Eyzaquirre, Cañas y Lenz (20). En el resto de las denominaciones botánicas coincidimos casi por completo con las etimologías propuestas por Iribarren. Nuestra restricción es que para Copao hemos encontrado referencias quechuas (Cañas). No obstante, se ha comprobado en nombres de lugar del sector diaguita argentino la presencia del sufijo - ahaho o -ao, que en el cacán de Calchaquí significa 'pueblo' (Amanao, Tucamanao, Sumalao, etc.) (21); por esta razón, no sería raro que Copao fuese diaguita. Tratándose de topónimos, en Elqui existen dos nombres más terminados en -ao: El Tapiao y Paranao. El nombre Jume es una verdadera incógnita: se le han postulado étimos disímiles, voz antillana o mejicana (Philippi), quechua (Márquez Eyzaguirre), cacán (Latcham), cunza (Schuller).

 

En todo caso, la argumentación botánica de Latcham es insuficiente: un par de palabras coincidentes en uno y otro lado de la cordillera no le confieren a su tesis validez probatoria general, sobre todo que ni siquiera está clara la naturaleza diaguita de estos nombres.

 

d) Argumentación linguística. Corresponde a los topónimos y patrónimos comunes propuestos por Latcham.

 

Iribarren se refiere, en primera instancia, exlusivamente a los 16 topónimos enunciados por Latcham. De esta nómina elimina las voces seguramente cunzas Calama, Toconao, Lamar, Camar, Ticnamar. Antofagasta es un nombre de adopción muy reciente para la antigua caleta de la Chimba (22). En las matrículas de censos de indios comprobó que el pueblo de Chalinga siempre ha tenido esa denominación, y no la de Chalingasta, propuesta por Latcham. Mialqui sería quechua (por existir en la sierra peruana un lugar de idéntica denominación). Atacama y Salalá serían, también de probable origen quechua. Sobre el origen etimológico de Elqui, Sotaquí, Combarbalá y Tilama no se pronuncia.

 

"Quedaban firmes Conil y Sapotil, dos nombres de lugar totalmente extraños al área." (23).

 

Pero Iribarren no se contentó con examinar las pocas voces escogidas por Latcham, sino que levantó un extenso registro de los topónimos amerindios de las provincias de Atacama y Coquimbo, y con la ayuda de diccionarios especializados (24) los clasificó según su etimología. Así examinó un listado de 225 nombres, y llegó a la conclusión de que

 

"en los departamentos de Illapel y Combarbalá (...)prevalecen los nombres de etimología araucana, haciéndose cada vez más frecuentes los de origen quechua a medida que se avanza hacia el norte.

Naturalmente hay muchos nombres de etimología dudosa, que en una razonable discriminación podrían considerarse como pertenecientes al pueblo originario" (25).

 

De estos 225 nombres únicamente pueden considarse como idénticos con el sector argentino: Guayaquil, Choapa y y Uchumín. Pero Guayaquil es quechua (conforme lo destaca el propio Iribarren), y Choapa es cunza (26). Queda firme sólo Uchumín.

 

Finalmente, y en lo que dice relación con los patrónimos, tomó Iribarren referencias de los Libros de Encomiendas, en archivos de la Capitanía General y Libros Parroquiales, constituyendo un listado de 442 nombres, que contrastó con las nóminas manejadas por Schuller primero, y ñuego por Latcham. Concluyó en que "tenemos en realidad muy escasas analogías definitivas" (27).

 

En un trabajo inédito sin fecha (aunque debe ser posterior a 1970) (28), Jorge Iribarren reitera sus planteamientos y conclusiones sobre "La lengua en uso en los aborígenes de Coquimbo y Atacama", lamentando que las lenguas autóctonas en esa área constituyan una incógnita.

 

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(17) ib. p. 113.

(18) ib. p. 113.

(19) Herman Carvajal Lazo, "Sobre toponimia amerindia del Valle de Elqui", Actas del Octavo Seminario de Investigación y Enseñanza de la Lingüística, Universidad de Santiago, Sociedad Chilena de Lingüística, (1989), pp. 291-302.

(20) H. Carvajal, op. sv. "chañar".

(21) Cf. Schuller, op. cit., pp. 77 - 78.

(22) Antofagasta empezó a llamarse oficialmente así sólo desde 1870, bajo el gobierno del presidente Melgarejo, de Bolivia, quien le dio ese nombre por el de una posesión territorial que tenía en la inmediación del antiguo pueblo de Antofagasta de la Sierra. Cf. Francisco S. Astaburuaga, Diccionario Geográfico de la República de Chile, N. York, D. Appleton y Compañía, 1899.

(23) J. Iribarren, op. cit., p. 112.

(24) Iribarren menciona los glosarios de Ernesto Wilhem de Moesbach y el Pedro Amengol Valenzuela.

(25) J.Iribarren, ib. p. 126.

(26) Según Walterio Meyer Rusca, en Voces indígenas en el lenguaje popular sureño, Padre Las Casas, Imprenta San Francisco, 1952. Para León Strube sería quechua ("Toponimia de Chile, septentrional. Norte Chico y Norte Grande", Publicaciones del Museo Arqueológico y Sociedad Arqueológica de La Serena, La Serena, Boletín Nº 10 [1959]).

(27) J. Iribarren, op. cit., p. 126.

(28) Jorge Iribarren Charlín. La lengua en uso de los aborígenes de Coquimbo y Atacama, trabajo inédito, 14 hojas tamaño oficio. Encontrado en los archivos del Museo Arqueológico de La Serena por el arqueólogo Sr. Gastón Castillo.

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